La opinión pública y el arraigo de los discursos racistas y sexistas sobre el pueblo wayúu.

June 3, 2020

 

Las recientes polémicas desatadas por un video que circula en las redes sociales, en el cual el reconocido humorista Fabio Zuleta hace reiteradas preguntas a un supuesto “palabrero” wayúu, Roberto, acerca de la posibilidad de “comprar” jóvenes mujeres wayúu para que brinden sus “servicios” a él y a un amigo suyo, me llaman a presentar algunas consideraciones sobre diferentes aspectos de este caso.   

 

Lejos de ser un incidente aislado, este suceso, así como muchas de las interpretaciones que se reportaron en los medios de comunicación, refleja un conjunto de actitudes y miradas de las personas no indígenas hacia las mujeres y los hombres wayúu y, recíprocamente, de est@s últimos hacia las primeras. Estas actitudes y miradas no sólo son muy extendidas, sino que se encuentran arraigadas en una plurisecular historia de encuentros y desencuentros, repleta de implicaciones políticas. Hay que recordar que el humorista comenzó su discurso diciendo: “toda la vida se ha dicho que en la Guajira venden las chinitas….”

 

Muchas mujeres wayúu y no wayúu ya intervinieron públicamente para señalar la mezcla de racismo, sexismo, exaltación de la ignorancia y el desconocimiento del mundo wayúu, que se pueden detectar de inmediato en las palabras del señor Zuleta. No valga de excusa respaldarse en que él no pretendía hablar en serio, pues estaba haciendo una charla de humor. Este humor está basado en el uso de una representación totalmente falsa de una supuesta costumbre, atribuida a sujetos desfavorecidos y con poco poder para tener voz pública. En este caso, personas pertenecientes a pueblos indígenas y, además, mujeres. Lo anterior, vehicula una actitud de desprecio y burla hacia estos sujetos, sus vidas y sus padecimientos.

 

Cuando alguien, sea o no con intención humorística, recurre en sus discursos a este tipo de representaciones, sin interrogarse sobre su real fundamento, se vuelve un portavoz y una caja de resonancia de esta actitud, reforzándola y confiando en que esta se encuentra ya muy difundida y compartida entre una franja no exigua de su público y, de manera más amplia, de la opinión pública. Lo verdaderamente grave de los sucesos que se están comentando se halla, más que en la infeliz salida de Fabio Zuleta, en el arraigo y en los usos de estereotipos racistas y sexistas y en la ignorancia sobre la vida social y cultural de los wayúu, extendida en vastos sectores de la opinión pública, y hasta entre la gente que vive al lado o inclusive entre ellos (Valledupar, y lo mismo se puede decir de Riohacha, no se encuentran a miles de kilómetros del territorio indígena, sino adentro de sus márgenes).

 

Ya se mencionó la reacción de muchas mujeres wayúu, que intervinieron aclarando que los bienes y valores que se entregan a la familia de la esposa para legitimar el matrimonio tienen muchos significados socioculturales, que nada tienen que ver con la compra de un objeto. El antropólogo Weilder Guerra Curvelo— uno de los 47 integrantes de la Misión de Sabios nombrada por el gobierno colombiano para evaluar y hacer propuestas sobre el estado de avance de la educación, ciencia, tecnología e innovación en el país; y él mismo indígena wayúu— explicó en una entrevista a la emisora Radio Guatapurí la naturaleza y los significados sociales y simbólicos de las transacciones de bienes, que ocurren entre los wayúu con ocasión del matrimonio. Voy a resumir y a integrar la información que él brindó a fin de quitar todo argumento a las malinterpretaciones, sean involuntarias o intencionales. Dicha información está basada tanto en el conocimiento directo de su propio mundo wayúu, como en estudios realizados por antropólogos e historiadores en los últimos cien años.

 

Uno de los principios en que se fundamenta la sociedad wayúu es que cada persona tiene un valor (kojutü), que debe ser reconocido en cualquier circunstancia en el que este se vea involucrado. En sus dimensiones materiales y simbólicas, este valor no es susceptible de una medida monetaria o de otro género. Sin embargo, igual a lo que se hace cuando se estipula un seguro, es posible establecer un monto de bienes y servicios que quien afecte dicho valor habría de reconocer como compensación. Cuando una persona muere, es herida o es ofendida, para los wayúu existe el derecho a solicitar una compensación a quien se considere objetivamente responsable de ese suceso y, más concretamente, a su grupo familiar. Esto último, porque se considera que cada individuo no es un átomo aislado, sino que sus actuaciones llaman solidariamente la responsabilidad de los parientes, con quienes normalmente desarrolla su vida social. Del mismo modo, la compensación no está destinada de manera directa al individuo que fue afectado, sino al grupo familiar en que él o ella se ha criado y al cual se encuentra enlazado por un denso tejido de obligaciones y derechos recíprocos. Los bienes entregados como compensación tienen un valor afectivo especial, así, por ejemplo: los animales entregados para compensar una muerte casi nunca, y solo en circunstancias extraordinarias, son vendidos o consumidos por sus familiares, y quedan distinguidos de los otros que componen un rebaño.

 

Vamos al caso de los matrimonios entre los wayúu, comenzando por el tema general del estatus de las mujeres. Un punto sobre el que volveré es que la sociedad wayúu se caracteriza por tener estratificaciones sociales muy marcadas. Hay personas y familias que, miradas desde un estándar occidental, son ricas y poderosas y hay, al otro extremo, personas y familias que son muy pobres, que hasta padecen hambre y donde, como es tristemente conocido, se muere por desnutrición. Hecha esta aclaración preliminar, podemos proseguir. En general en la sociedad wayúu las mujeres tienen un valor especial, pues son exclusivamente ellas quienes perpetúan su linaje familiar materno y tienen roles sociales importantes, que van más allá de aquellos relacionados con la gestión del hogar. Ellas, no sólo tienen sus propios rebaños y heredan animales, joyas y tierras; muchas veces se encargan del comercio y también desempeñan papeles públicos de fundamental importancia en la sociedad wayúu.

Entre los wayúu cualquier persona que (sin importar su sexo) con su comportamiento responsable y equilibrado se haya ganado el respeto de los demás, es atentamente escuchada cuando se trata de tomar decisiones sobre asuntos importantes de su familia. En el caso de las mujeres, muchas veces se les reconoce la capacidad de balancear la tendencia a la impetuosidad o, al revés, a la timidez de los varones de su familia. Esta función de mantener o restaurar equilibrios sociales se ejerce siempre que una mujer wayúu interviene para dar su aporte a la resolución de un pleito entre la familia de su esposo y su propia familia.

 

En el registro histórico han quedado los nombres de unas mujeres wayúu— como Rosa Uliana en el siglo XIX—que, por las cualidades que le fueron reconocidas por los demás, indígenas o no indígenas, llegaron a ser cabeza de los más poderosos linajes de la Alta Guajira. También, en el curso de mi trabajo de campo en la Guajira colombiana (2000-2005) entré en contacto con muchas familias wayúu, donde las funciones de un verdadero liderazgo —que no se limita a las funciones formales de representación legal antes las entidades— en el manejo de los asuntos del grupo familiar, estaba desempeñado por una mujer, cuya trayectoria y autoridad era reconocida por los demás integrantes. En resumen, en un número considerable de casos, en los grupos familiares wayúu las mujeres pueden ocupar importantes cargos sociales y de autoridad, roles a los que corresponden “cargas” de energía, de trabajo, de tiempo y, por supuesto, de cansancio, superiores a los de los hombres. Como a menudo pasa en todo el mundo, parece que la mujer debe “hacer más”, de lo que es generalmente exigido a un hombre, para ganarse un reconocimiento público.

 

Vamos al tema del matrimonio. Permítanme brindar unas informaciones generales. Entre muchos pueblos indígenas, el hombre que se casa legitima su matrimonio brindando sus servicios laborales a sus suegros por un periodo de unos años. Los antropólogos llaman a esta costumbre bride service, es decir servicio para la esposa.  Es también frecuente que el hombre brinde a su esposa y a su suegra unas joyas u otro objeto considerado preciado en estas sociedades ¿acaso no pasa algo parecido en las sociedades no indígenas con la costumbre de mostrar consideración, apego y cariño a la novia y a sus padres haciéndole unos regalos como seña de obsequio? Es muy probable que esta costumbre estuviera presente entre los wayúu antes de que, con la llegada de los europeos, muchos de ellos se volvieran pastores o se involucraran en nuevos circuitos comerciales. Dicho proceso se ha desarrollado desde el siglo XVI y requirió que los wayúu adoptaran nuevas formas de movilidad y asentamiento.  Como se explicó, los aportes de las mujeres al bienestar de su hogar y su grupo familiar son muy importantes. Probablemente, de aquí surge la costumbre de pedir al esposo entregar a los padres o tíos maternos de la novia unos bienes en compensación por la renuncia que, con el matrimonio, ellos hacen a los aportes de esa mujer, especialmente si ella pasa a residir en el asentamiento de su esposo. Hay que agregar algo más. Cuando una mujer wayúu se casa, es frecuente que su familia de origen le entregue unos animales para garantizar su autonomía económica frente al marido. Al nacimiento del primer hijo o hija se espera que el esposo entregue a su vez unos animales, para compensar el dolor del parto que la mujer sufrió.

 

Hay también que hacer claridad sobre el uso de las palabras. Una cosa es la dote, entendida como los bienes que la mujer lleva al marido al momento del casamiento; otra cosa es la llamada bridewealth, o sea riqueza de la esposa, que designa la transferencia de bienes que la familia del esposo hace a la familia de la esposa con ocasión del matrimonio. El caso del pau’na de los wayúu es una forma de bridewealth y es inapropiado llamarlo dote, esta última es una costumbre que hasta hace poco tiempo se encontraba vigente en China y en los países latinos de Europa del Sur.

 

Otra anotación necesaria. Siento bastante fastidio cada vez que en los medios de comunicación o en el discurso cotidiano se habla de las culturas indígenas, incluida la wayúu, como “milenarias”. Por cierto, no pongo en tela de juicio el hecho que la civilización (o cultura) de cada pueblo indígena, es el resultado de desarrollos milenarios y que merece todo respeto, comenzando por el reconocimiento a la capacidad de resistencia frente a siglos de menosprecio y violencias a que fue sometida por los colonizadores europeos. Mi fastidio nace del sentido que se le da a la palabra “milenario”. El hecho de que en la historia de la humanidad la esclavitud, el sometimiento de las mujeres, la arrogancia de los poderosos y el maltrato injusto reservado a los desamparados sean fenómenos que se han perpetuado por “milenios” no es una buena razón para merecerle aprecio. El que la cultura de un pueblo indígena tenga una historia “milenaria” implica lo contrario a lo que periodistas y burócratas entienden, cuando suponen que “milenario” quiere decir “que se quedó igual desde hace milenios”. De hecho, la costumbre wayúu es llamada en la lengua wayúu (wayuunaiki) “sukuaitpa wayuu”, lo que se traduce literalmente como “lo que ha caminado con nosotros, los wayúu, hasta hoy”. En este sentido, este concepto implica una procedencia y una continuidad con el pasado. Pero ello no se puede comprender sin tener en cuenta que la costumbre valorada es aquella que ha ido cambiando, gracias a la creatividad y a la capacidad de arreglar y acomodar (akumajaa) cada novedad históricamente ocurrida en su entorno de vida y en su territorio, de acuerdo con los principios morales que definen la manera de ser y actuar propia del ser wayúu, sin por eso convertirse en alijuna, “extranjero”.

 

En estos días hubo muchas mujeres wayúu que intervinieron públicamente para resaltar lo que yo me atrevo a consignar en estas palabras: “mira, lo que insinuó el señor Zuleta es mentira, es ofensivo. No solamente por la dignidad de la mujer wayúu, sino por la dignidad de cada mujer. Pero, si no queremos ser hipócritas, no debemos ocultar una situación y una problemática social triste y dramática.  Hay muchas mujeres wayúu que hoy viven una vida difícil y a veces hasta horrible. Que se encuentran a menudo maltratadas por sus esposos y sus padres. En cuyas familias se lucha a diario para sobrevivir al hambre y que, para escapar a esta situación tan grave e intolerable, deben pasar todo el día en la calle buscando vender su mercadito o someterse a inevitables humillaciones trabajando como sirvientas y domésticas en casas ajenas al mando, no siempre tan amable, de sus amas, aguantando apodos como “chinita”, “marchanta”, “india” e incluso, en algunos casos), prestando servicios sexuales a cambio de comida” (esta última, afortunadamente, no tan frecuente hace quince años cuando terminé mi trabajo de campo).

 

Este tipo de afirmaciones son necesarias. Sin embargo, hay que entrar con más detalles en el análisis de estas problemáticas. Por lo general, la población wayúu en su conjunto, y particularmente la que habita en las áreas rurales, se encuentra desde hace décadas en una situación crítica, en la que se entremezclan varias circunstancias: el abandono por parte de las instituciones del Estado y de sus administraciones periféricas; un modelo de desarrollo económico de la región que no ha tenido mínimamente en cuenta las exigencias y necesidades básicas de las poblaciones indígenas; un concepto y una práctica local del hacer política que, en lugar de tener como objetivo el interés y el bien público de la ciudadanía, se reduce al ejercicio de poder y perseguimiento de los intereses particulares de unas élites regionales y de sus clientelas electorales; y la difusión de una ideología de la violencia, conectada con el ingreso del narcotráfico y del conflicto armado en la Guajira, como forma de manejar las relaciones y de conseguir poder y riquezas. En esta situación lo que algunos científicos han llamado “racismo estructural” se ejerce contra la población wayúu, especialmente contra su sector más pobre, que busca mantener un modo de vida no asimilado al de la sociedad mayoritaria.

 

¿Hay machismo, violencia conyugal, aprovechamiento de la mujer y menoscabo de su dignidad entre la población wayúu? Por supuesto que sí. Aunque, me atrevo a decir, menos de lo que pasa entre la población no indígena. Por esta razón, estoy convencido de que interpretar estas realidades en términos de patrones culturales conduce a serias equivocaciones. De todas formas, si de “patrones culturales” se quiere hablar, estos no son propios de una “etnia”, sino que conciernen a formaciones sociales más amplias, en este caso, las sociedades regionales y nacionales en que los wayúu están inmersos.

 

¿Hay que tomar medidas y actuar frente a estas situaciones? Por supuesto que sí. Pero esto compete en primer lugar a las autoridades propias de los wayúu. Esto no se logrará con la represión judicial y policial, sino a través de un trabajo largo de educación y de políticas, que busquen solucionar la situación de miseria endémica sufrida por muchas familias wayúu, para lograr resultados extendidos y duraderos. Para que las autoridades indígenas tengan las condiciones para operar en esta dirección es necesario un fuerte y nuevo compromiso del Estado y de las muchas entidades e instituciones públicas, cuya acción hasta ahora se ha demostrado, para utilizar eufemismos, tan ineficiente o ausente frente a la solución de estos problemas, que afectan los derechos humanos básicos de los wayúu como ciudadanos.

 

Me sea permitido socializar unas ulteriores consideraciones que me provocan los sucesos que estoy comentando. El señor Zuleta no hizo su discurso estando solo, sino en una charla con un hombre wayúu, Roberto de Siapana, que se presentó como palabrero. Es claro que Roberto se presentó sin estar preparado para desempeñar su papel de “palabrero” y cayó en la trampa de mostrarse condescendiente al rumbo que el señor Zuleta quiso darle a la charla. De esta manera él demostró una actitud de subalternidad, sometimiento y escaso sentido de responsabilidad hacia su gente que hoy en día, desafortunadamente, caracteriza el actuar de unos (y quizás no tan pocos) supuestos representantes de dicho pueblo, especialmente frente a sus “compadres” no indígenas o a los funcionarios de entidades públicas y privadas.

 

Por supuesto, tal actitud es reprochable, pero quisiera agregar algo para ubicarla en un contexto más amplio. Desde hace al menos cuarenta o cincuenta años, los wayúu han debido pasar por cambios radicales en su entorno de vida, en el control de su territorio y en las relaciones con la gente no indígena. La película Pájaros de verano, recién estrenada, mostró el impacto que ha tenido en la Guajira el desarrollo del narcotráfico desde el 1970. Aunque este fenómeno haya involucrado solo una porción minoritaria de la población indígena ha dejado huellas duraderas con respecto a los modelos de comportamiento y ha contribuido a engendrar un sentido de confusión en la orientación cognitiva y moral de muchos wayúu. Pero, en este mismo sentido, ha habido otros factores que contribuyeron, quizás de forma más relevante, a dicha desorientación. El primero es sin duda la fuerte actitud de racismo generalizado hacia los wayúu. Esta ha llegado a ser interiorizada por muchísimas y muchísimos de ellos, traduciéndose en “vergüenza étnica” (apuisü), en un rechazo de su visión del mundo y de las relaciones sociales y en la consecuente imitación de la visión de la sociedad mayoritaria. En segundo lugar, la penetración en la península de la Guajira de nuevas actividades de explotación económica a gran escala, cuyos beneficios –en los pocos casos que llegaron a la población wayúu— fueron migajas, a cambio de los daños de contaminación ambiental inevitablemente causados por la minería, que siguen siendo masivos. Así, la perduración del narcotráfico, el ingreso del conflicto armado y del paramilitarismo e incluso el desarrollo de las entidades administrativas, departamentales y municipales, han producido en su conjunto un total trastorno en los horizontes de vida de toda la población wayúu.

 

Las generaciones wayúu que han vivido y tenido su desarrollo de vida en estas décadas, a las cuales pertenece Roberto, se han hallado en una situación existencial y social tremenda. Los referentes del pasado en materia moral y social, en particular los ancianos con sus saberes y sus experiencias acumuladas, han sido considerados por las generaciones más jóvenes como guías insuficientes, no por sus faltas sino por la rapidez de las transformaciones que han experimentado. Al contrario, los nuevos modelos enfrentaban a toda persona wayúu a un futuro incierto y, presumiblemente, de marginalidad y desconocimiento de su pasado y patrimonio cultural. En otros pueblos indígenas que han pasado por estos procesos, el efecto documentado ha sido un incremento exponencial de suicidios entre los jóvenes, debido a la falta de salidas de su desesperación existencial. Es probable que las mismas dimensiones demográficas de la población wayúu hayan coincidido atenuando y ocultando la presencia de este trágico fenómeno en su interior.

 

Por cierto, en las últimas décadas muchos jóvenes wayúu han reaccionado de manera no autodestructiva a esta situación buscando articular un nuevo discurso de orgullo de pueblo, basado en la búsqueda de un renovado equilibrio entre las herencias de su pasado cultural y su actualización, frente a las situaciones inéditas contemporáneas. Se trata de un proceso largo, difícil, repleto de obstáculos y trampas, ya sea de la hostilidad puesta por muchos sectores del mundo no indígena o de razones relacionadas con las particularidades de la historia y de la organización sociopolítica de los mismos wayúu.

 

Quien escuche el comienzo de las palabras de Roberto en su desafortunada entrevista puede captar el deseo de brindar una imagen de la cultura wayúu como hospitalaria y amigable, como lo son muchísimos wayúu, a pesar de la actitud de desconfianza que han debido desarrollar históricamente frente a cada extranjero que se instale en su territorio. Luego, intervino el señor Zuleta callándolo y de manera imperiosa desviando la charla hacia otro rumbo. Y Roberto, desorientado, también por no manejar de manera tan fluida el castellano, se acomodó a la agenda de su anfitrión. Me parece que no hay que justificarlo, pero hay que comprender todo lo que está detrás de su manera de reaccionar.

 

Menos comprensible me parecen unas reacciones de funcionarios de entidades del Estado colombiano, que parecen darse cuenta y emitir sus pronunciamientos públicos acerca de la dramática situación vivida por una población tan grande como son los wayúu en Colombia, solamente cuando la punta del iceberg sale al aire en los medios de comunicación masiva. Lo que me resulta difícil aceptar es que estas reacciones consistan sobre todo en proponer medidas de investigación policial (aunque tal vez puedan ser necesarias y urgentes), en vez de enfrentar el verdadero nudo de políticas no improvisadas de educación, de salud y de ayudas económicas serias y estructurales, dirigidas a la población wayuu, cuyos contenidos y metodologías de actuación sean concertadas respetando el punto de vista de los mismos wayúu y de sus autoridades. 

 

 

 

 

 

Alessandro Mancuso

 

Soy doctor en antropología y la enseño en la Universidad de Palermo en Italia desde hace unos quince años. Realicé mi trabajo de investigación doctoral en la Guajira colombiana desde el 2000 hasta el 2003 y en los años siguientes obtuve una beca posdoctoral para continuarla hasta 2005, escogiendo como enfoque particular las relaciones de género y las formas de liderazgo femenino entre los wayúu.

 

Para quienes tienen memoria, fueron años muy tristes para Colombia, y especialmente para la Guajira. De hecho, fue en esos años que el conflicto armado se intensificó también en este departamento, llegando hasta el Resguardo Indígena de la Alta y Media Guajira y aquí entretejiéndose con un nuevo auge del tráfico de estupefacientes y de armas en la región. Recuerdo que el 18 de abril de 2004 tenía que viajar a la Alta Guajira, para pasar ahí un tiempo desarrollando mis temas de investigación. Nunca pude hacer aquel viaje, ni en aquella fecha ni en los meses siguientes de mi trabajo de campo. El 18 de abril de 2004 fue, en efecto, el día que fue perpetrada la horrible masacre de Bahía Portete en la cual, según los resultados de las investigaciones posteriormente realizadas, fueron martirizadas sobre todo mujeres wayúu. Actuando de esta forma, los criminales asesinos quisieron golpear en el corazón (a’in en wayuunaiki) y en lo más íntimo de su carne (e’irukuu en wayuunaiki) a todo el pueblo wayúu.        

 

Correo electrónico: mancusoale@yahoo.it

 

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